EL PRIMER LORCA. PRESENTACIÓN DE LIBRO CON MARIO OBRERO Y DAVID GARGALLO

Durante mucho tiempo evité a Lorca. Por un lado su figura me parecía sobredimensionada por las circunstancias de la muerte y el mito me tapaba su obra, que de por sí, mal leída, me parecía una versión prefabricada del mundo de los gitanos vista por un señorito, una especie de Rosalía. Tampoco ayudaba la actitud de recelo y burla con la que se dice que Lorca trató a Miguel Hernández, el "poeta cabrero", en contraposición con la gran generosidad de un Aleixandre. De hecho, ese fue el principal foco de mi antipatía. También que, como muchos en los últimos tiempos, he pensado que el gran nombre de la generación del 27 es Luis Cernuda. Y, aunque es una majadería elegir entre uno u otro poeta, sigo pensando que es así.

Pero cabe el derecho de rectificación: Lorca es inevitable. Y me he acercado a él, gracias a amistades que lo veneran (pienso en mi amigo y pintor Rafa Villalón), a lecturas más atentas de su poesía (el teatro sí lo tenía muy bien valorado) y a eventos como la exposición En el aire conmovido, que motivó una entrada en este mismo blog el año pasado, o la presentación de un libro reciente sobre sus primeras prosas bajo el título Mi alma no cabe en mí, con epílogo de Mario Obrero, en Altamarea ediciones.
Este poeta y el editor del libro, David Gargallo, hablaron en el último día de enero en la +Bernat sobre lo que representa Lorca hoy en día. Iba a ser Luna Miguel la que iba a acompañar a Obrero pero por motivos familiares no pudo intervenir en el acto. Mejor así, no por ella claro está, sino porque de esa forma David Gargallo se vio obligado a hablar, lo que a mí entender fue un acto de justicia: en este tipo de actos a veces se prima no el verdadero "autor" del libro, además de Lorca, la persona que ha dedicado su tiempo a seleccionar los textos, sino a una figura o figuras más conocidas, por mucho que hayan escrito un gran epílogo. Luego el marketing volvió a sus leyes y quien firmaba los libros era únicamente Obrero.

Este libro es obra de Lorca y ellos dos. Se notaba que había una complicidad entre ellos, que trasladaban en público lo que era una íntima relación de amistad y conversaciones literarias y en la lengua en que habitualmente de esos momentos privados: el catalán. Obrero, un poeta de Getafe, demuestra un gran dominio de las lenguas peninsulares y se expresa con facilidad en esas lenguas. Quizá abusa un poco de las citas, pero tiene mucha labia y una gran habilidad para engarzar ideas, para poner en diálogo el pasado literario y la actualidad política más convulsa.
Este libro se aleja del Lorca de sus "grandes éxitos" y se acerca al Lorca de veinte años y al de su infancia, a la rememoración de sus compañeros de clase, especialmente de aquellos de los que se separó al emprender el camino hacia la ciudad.

La conversación entre los dos amigos en la presentación puso en valor la sensibilidad de Lorca y su compromiso político. Una imagen distorsionada durante décadas parece haber concedido a la figura de Lorca un estatus de escritor no afiliado explícitamente a la izquierda cuando hay evidencias de lo contrario: en uno de los textos citados por Obrero, Lorca dice haberse convertido en el hijo del señorito, "pero nunca olvido al pueblo". En un célebre programa de La clave, el mítico espacio de televisión, amigos y estudiosos de Lorca también aportaron pruebas de ello.

Hay una idea de Lorca y un Lorca real, fascinantes los dos por igual. Una idea de cómo Lorca ejerce esa fascinación la da Mario Obrero con una anécdota personal. Cuando publicó su primer poemario, su abuela lo leyó y le dijo: "Mario, el libro no se entienden pero me has ofrecido muy bonito eso de 'Verde que te quiero verde / Verde viento, verde rama'".



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