EL POETA Y EL TIEMPO, de Marina Tsvietáieva
Gracias a Sant Jordi ha llegado a mis manos una nueva edición de un libro de culto, uno de los títulos más buscados en el mercado de segunda mano: El poeta y el tiempo de Marina Tsvietáieva (Anagrama, 1990), traducción de Selma Ancira.
La propia Ancira fue la responsable de presentar a Tsvietáieva al lector hispanohablante a través de una recomendación a Anagrama y obviamente es la que firma aquí su presentación. Ahí señala que «Marina Tsvietáieva vive de acuerdo con sus ideas, no sabe hacerlo de otro modo, y lo que vive, lo vive con toda intensidad. No conoce los medios tonos». Y también advierte en la edición del uso característico del guion en la escritura de Tsvietáieva, que cumple «ante todo, una función rítmica» y responde a las propias palabras de la poeta: «por las necesidades del ritmo de mi escritura me vi obligada a separar, a romper las palabras en sílabas por medio de un guión inusual en poesía».
A esta presentación le sigue otra, la que ofrece la misma Tsvietáieva en “Respuesta a un cuestionario”. Nacida en Moscú en 1892, hija de un ilustre profesor de historia del arte (fundador del primer museo de bellas artes de Rusia) y de una pianista polaca discípula de Rubinstein, que influyen en su pasión por la música, la naturaleza, la poesía o el judaísmo. Responde también sobre su temprana vocación: «Escribo versos desde los seis años. Publico desde los dieciséis. También los he escrito en francés y en alemán».
Y precisa su divisa vital: «Si tuviera escudo, grabaría en él: Ne daigne» (No se digna).Cierra con una afirmación contundente: «La vida es una estación, pronto partiré: a dónde — no pienso decirlo».
Después viene el ensayo que da título al libro, “El poeta y el tiempo”, que reflexiona sobre la relación entre el artista y su época, refutando tanto la nostalgia reaccionaria como el futurismo superficial. Al hablar del rechazo del arte contemporáneo afirma: «No amar una obra, en primer y primordial lugar, es no reconocerla: no reconocer en ella — lo ya conocido. La primera causa para rechazar una obra es la falta de preparación para la misma». En cuanto a la relación del artista y su tiempo señala una gran paradoja: «No puedo amar mi siglo más que el siglo pasado, pero tampoco puedo crear un siglo diferente del mío: no es posible crear lo creado, se crea solamente hacia el futuro». Y qué convierte lo creado en una obra universal: «Obra universal es aquella que en la traducción a otra lengua y a otro siglo [...] pierde menos — no pierde nada. Después de haber dado todo a su siglo y a su país, otra vez lo da todo a todos los países y a todos los siglos». En cuanto a los creadores, algunos alcanzan a la categoría de genio y dan nombre a una época «a tal punto él es la época, aunque ella no sea del todo consciente».
El poeta… y el tiempo: «Servir al tiempo como tal es servir al cambio — a la traición — a la muerte» o, citando a Pasternak, «El tiempo existe para el hombre y no el hombre para el tiempo».
El siguiente ensayo constituye una reflexión profunda sobre la naturaleza del arte, la responsabilidad del artista y la tensión entre los elementos y la conciencia moral.
Sobre lo primero, la poeta afirma que «El arte es la naturaleza misma [...] Una obra de arte es también una obra de la naturaleza, nacida y no creada», aunque con una diferencia crucial: en la obra de arte se da una responsabilidad del creador. Esa responsabilidad se canaliza en la tensión entre los elementos y la conciencia moral, entre la intuición y el control de esa intuición. La poesía es una expresión de fuerzas naturales que escapan al control moral. Y ante ello la poeta, cualquier poeta, se plantea un dilema: «¿Por qué yo debo ser mi propio médico, mi domador, mi guardián? ¿No es demasiado exigir de mí?». Él mismo se da la respuesta: «Todo lo que sabe es a priori culpable. Por el hecho de haberme sido dada una conciencia (conocimiento) yo, de una vez por todas, en todos los casos de transgresión de sus leyes [...] soy culpable».
A continuación presenta “Un poeta a propósito de la crítica”, ensayo polémico sobre la crítica literaria y sus malentendidos. Empieza fuerte: «La primera obligación del crítico de poesía es la de no escribir malos versos. En todo caso — no publicarlos».
Y hablar de crítica en su tiempo es hablar del predominio de la escuela formalista, que crítica: «Interpretarla "formalistamente", es decir relatarme a mí (y con mucha frecuencia de modo absolutamente erróneo) mis borradores, es un absurdo. Si existe la versión definitiva, el borrador (la forma) ya ha sido superado».
Y a la crítica le muestra los intereses de su proceso creativo: «¿Cómo puedo yo, un poeta, es decir un ser de la esencia de las cosas, dejarme seducir por la forma? Me dejo seducir por la esencia, la forma vendrá por sí sola» y más tarde añade, criticando al didactismo que se le supone:
«Alegrar al lector con hermosos artificios de la palabra no es el objetivo de la creación artística. Mi objetivo, cuando me siento a trabajar, no es alegrar a nadie [...] sino crear una obra lo más perfecta posible». Y si ha de cansar al lector esto le parece bien, pues ella también ha acabado agotada del proceso creativo.
Si hay alguna literatura a la que Marina mira con suma atención es a la de lengua alemana y es especial a Rilke. A él dedica su último ensayo y a si es ético publicar póstumamente las cartas de un poeta, en los días y semanas posteriores de su muerte. Para ella hay que esperar un tiempo prudencial: «Dentro de cincuenta años, cuando todo haya pasado [...] cuando las cartas de Rilke sean sencillamente las cartas de Rilke — no a mí, sino a todos».
Este volumen es fundamental para entender la poética de Tsvietáieva: su concepción del poeta como médium de fuerzas elementales que debe enfrentarse a la responsabilidad de la conciencia, su rechazo tanto del arte servil como del esteticismo vacío, y su defensa de una contemporaneidad que trasciende el tiempo histórico. Ella misma o autores como Pushkin, Maiakovski, Pasternak o su gran Dios (Rilke) le sirven de piedra se toque.
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